Seguro que volverá.
Ahí está. O ese icono que la representa. Llevábamos dos meses sin hablar para absolutamente nada cuando me mandó un e-mail. Era lo último que me esperaba. A pesar de la ignorancia mutua, no ha pasado un día que yo le abriera conversación con ganas de decirle mil cosas.
Y siempre desistí. Lo mío no es la determinación, está claro. A veces hasta me cuesta levantarme, y no por obesidad -que podrían pensarlo algunos- sino por desgana.
En fin. El correo que me mandó me avisaba de su ausencia durante un mes que pillaba vacaciones. ¿Dos meses sin hablar y me avisa de que no va a estar? ¿Por qué? Si lo hace para que no me olvide de ella, la verdad es que no le hace falta. O quizá es ella la que no quiere olvidar.
Cualquiera que conociera la historia me diría que dejara de torturarme, pero es difícil que sufra más todavía. Hace tiempo que mi corazón entró en colapso como una estrella que ha agotado todo su combustible y comienza a enfriarse y contraerse a un ritmo alarmante, quedando finalmente como un núcleo oscuro, frío y carente de toda actividad.
Y, sin embargo, miro cada 10 minutos a ver si sigue conectada. Le abro conversación y la vuelvo a cerrar.
